Cada vez que me encuentro con algún estudio, programa, encuesta, indicador o muestreo que repiten, una y otra vez, que casi somo campeones mundialesen producción de no lectores, cierto desánimo aparece en esa parte mía que dedica espacios de tiempo a leer. Dependiendo del sitio donde me encuentre, en ese momento, volteo a mirar a la gente que tengo junto y me entran ganas de preguntarles, uno por uno, si son lectores.
No lo hago. Y no lo hago, desde un día que realicé un pequeño experimento. Estando en un café coloqué un libro en la mesa de junto, con la carátula hacia arriba para que se viera el título, y espere a ver cuántas personas volteaban a ver el señalado libro, o quizá, alguien derrochando osadía lo tomara en sus manos y le echara una ojeadita. Cerca del medio centenar de personas pasaron frente al libro y nadie se detuvo siquiera a mirarlo. Pero, cuando pensaba que lo había visto todo, una cosa me sorprendió. La misma gente que ignoró la edición literaria que dejé sobre la mesa, a la hora de pagar su consumo revisaba, con ademanes de intelectual interesado, los títulos de una serie de libros ubicados en un estante del lado izquierdo de la caja. Por supuesto, nadie adquirió ningún libro.
Esta dualidad es común entre bastantes personas. Ignorar un libro cuando nadie los ve, pero brindarle atención a cualquier libro si alguien los observa. Con esta actitud habrá quien diga, con justa razón, que ahí está el meollo del asunto que explica el porqué la gente no lee: porque tampoco compra libros.... continúa
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